Por Por Miguel Cavatorta  * /  Director de Relaciones Institucionales Colegio Universitario IES

Las instituciones se definen como todo espacio creado por las personas para resolver sus problemas esenciales. ¿Y por qué hablar de calidad institucional y de empresa?

Porque a lo largo del siglo XX la empresa se consolidó como un actor institucional estratégico por cuanto es un espacio que organiza la vida de la gente, ya que el trabajo significa contrato económico y también incorporación a la vida en sociedad.

Todos vivimos en relación con las empresas al ser afectados por sus acciones y decisiones, ya sea en nuestro rol de empleados, dueños, clientes, vecinos o proveedores.

Toda empresa se encuentra ubicada en un territorio y en un contexto inmediato que conforma su coyuntura cercana y su cotidianidad.
Independientemente de su tamaño, a través de la generación de valor que promueven sus procesos productivos, comerciales, industriales y de servicios, existe un impacto real en el conjunto social en general y en sus públicos en particular.

Un conjunto social dominado por la pobreza, la exclusión, la inequidad, la desigualdad y la corrupción, que en gran medida nos permite visualizar la performance de nuestras instituciones en sumar calidad de vida a la gente, y claramente son los actores locales quienes estén en condiciones de articular calidad de vida.

La empresa es el ámbito de generación de riqueza, es el lugar del empleo y del trabajo, es el ámbito de socialización secundaria por excelencia y el lugar privilegiado de la innovación y de la competitividad.

El lugar que ocupa el mundo de los negocios en la vida cotidiana de la gente es tan relevante en términos de influencia que el sector empresario no puede menos que hacerse cargo responsablemente de dar cuenta de ese lugar que ocupa.

Ello redimensiona el rol de la empresa en la sociedad e incorpora el tema en la agenda empresarial y en ámbitos académicos.

El papel de las pymes
Y en nuestra economía, el sector de las pequeñas y medianas empresas (pymes) es clave en tanto reúne 78 por ciento de la fuerza de trabajo, genera 61 por ciento bruto de la producción, es el de mayor dinámica en el comercio exterior, ha demostrado capacidad para adaptarse a mercados complejos, exigentes, en crisis, y es claramente un actor institucional cercano y próximo.

Las pymes muestran -como sector- un potencial inmenso e insustituible.
Es cierto que el dueño de una pyme promedio podría decir “bastante tengo ya con los problemas de financiamiento, el incremento de costos, los marcos regulatorios, la competencia desleal y la economía en negro, como para hacerme cargo además de estas cuestiones”; pero la influencia que la empresa ejerce en diversos ámbitos es evidente, y esa influencia es ejercicio de poder. Y ese poder implica responsabilidad.

¿Podría una pyme individualmente asumir esta responsabilidad?
La respuesta es: puede y debe. Porque la solución de los graves y grandes problemas es un compromiso de todos los actores, porque una forma más transparente de hacer negocios tendrá un notable agregado de valor con un efecto multiplicador extraordinario y porque siempre es factible articular estrategias privadas y públicas que superen aislamientos y desconfianzas para mejorar la calidad de las relaciones, que además seguramente redundarán en rentabilidad, en más y mejores oportunidades de negocio y en una visión de largo plazo.

Uno de los significados más importantes del término “institucionalizar” es “infundir valor”, una necesidad impostergable en tanto las instituciones son las encargadas de dar solución a los problemas de la vida social ordenada, y las pymes son un núcleo básico de nuestra organización económica, social y cultural.

Ser socios activos en la construcción de una comunidad económicamente próspera, ambientalmente sustentable y socialmente justa.